El libro

la foto¿Por qué no adelgazar un 25% de tu peso corporal? ¿Por qué no recorrer un país extranjero sólo con tus piernas? ¿Por qué no conocer Suiza a lomos de un corcel de aluminio? ¿Por qué no cambiar tu vida, así, ¡chas!, con un chasquido de dedos?

Al menos todo esto es lo que un buen día se le pasó por la cabeza a Sergio, un deportista de sofá de los que hacen zapping, juegan a la PlayStation, navegan por Internet, leen, charlan y pican entre horas, cuando invadido por un extraño capricho se preguntó: ¿Por qué no?

Esta es la historia de un apasionante viaje en bicicleta de un escritor que apenas sabia pedalear por una Suiza desconocida y sorprendente que no verás reflejada ni en las películas ni en las guías turísticas; ¿Sabías que los suizos son los únicos europeos que comen perro? ¿Que aquí nació Frankestien y murió Sherlock Holmes? ¿O que en Suiza se realizó el primer viaje de LSD –a lomos de una bicicleta- de la historia?

Pero esta es también una historia de superación, de descubrimientos, de buenos y malos momentos, de éxitos y de fracasos. Y donde, como ocurre en los grandes viajes, lo importante no es el destino sino el simple acto de intentarlo, de mantener el horizonte frente a tus ojos, de cambiar de comida, de cama, de hábitos y de evitar a la familia, a los amigos e incluso a la patria. Donde lo importante no es el país, ni lo que visitas, ni siquiera importa si lo lográis o no, en esta historia lo que de verdad importa es el camino.

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Lee un fragmento:

Este libro de viajes habla sobre Suiza. Bien, lo cierto es que el país no importa. Este libro de viajes habla del acto de viajar y no de un país en concreto, que también. Tampoco es que se centre en la actividad de viajar en sí misma, al menos según los términos en los que la mayoría de gente considera lo que es “viajar”.

Este libro habla de escapar, de superarse a uno mismo, de pasarlo mal (y estupendamente bien) y de, finalmente, fracasar en el intento. O no. Porque en los verdaderos viajes no importa llegar a tu destino sino el simple acto de intentarlo, de mantener el horizonte frente a tus ojos, de cambiar de comida, de cama, de hábitos y de evitar a la familia, a los amigos e incluso a la patria. O dicho de otro modo más peregrino: lo que importa es el camino.

Este libro no habla de una aventura ni de unas vacaciones turísticas. Habla del viaje que me apeteció hacer, libre, heterodoxo y con más comedia que épica.

Este libro está dedicado a los que, como yo, son deportistas de sofá: los que hacen zapping, juegan a la PlayStation, navegan por Internet, leen, charlan y pican entre horas. Y que, sin embargo, a veces oyen una voz en su cabeza, una voz que suena como la del personaje de Pepito Grillo de Pinocho, que les sugiere que deberían cambiar su estilo de vida. Al menos un poco.

Este libro habla de un buen día que, al levantarme del sofá, como invadido por un extraño capricho, como empujado por uno de esos muelles que impulsan al payaso de la caja sorpresa, te dices: ¿Por qué no?

¿Por qué no adelgazar un 25% de tu peso corporal? ¿Por qué no recorrer un país extranjero sólo con tus piernas? ¿Por qué no conocer Suiza a lomos de un corcel de aluminio? ¿Por qué no cambiar tu vida, así, ¡chas!, con un chasquido de dedos?

De todo eso habla este libro. Y de Suiza, por supuesto, también habla de Suiza, aunque no de la Suiza que aparece reflejada en las películas o en las guías turísticas al uso, sino de la Suiza que, a golpe de pedal, me he ido encontrando por una mezcla de azar y preferencias personales (a veces, demasiado personales). Una Suiza que no sólo refleja catedrales o monumentos famosos, sino también el sabor de una simple cena, la vajilla de un restaurante o la excentricidad de alguien que se cruza conmigo en la calle. Una Suiza que posiblemente sólo me gustará a mí. Aunque, quién sabe, tal vez también os acabe gustando a vosotros. Porque, recordad, repetid conmigo, no importa el país, no importa lo que visitéis, ni siquiera importa si lo lográis o no. Lo que importa de verdad es chasquear los dedos como un prestidigitador.

¡Chas!

¿Por qué chasqueé los dedos de aquella forma, el equivalente, dada mi situación de pereza endémica, a la espada de Catón, la cicuta de Sócrates o el seppuku de los samuráis? ¿Por qué no continuar mi vida sentado, cobijado en mi sofá, que incluso ya tenía la horma de mis posaderas?

El idioma alemán tiene una palabra más adecuada para precisar la disposición de ánimo que me embargaba, aquella que empuja al viajero por el mundo. La Wanderlust, el viaje de iniciación, la errabundia, tal y como lo refiere Mauricio Wiesenthal en El esnobismo de las golondrinas.

Pero ¿qué fue lo que generó esa Wanderlust?

Sospecho que fue una mezcla de candidez e inexperiencia. Primero vino la idea de recorrer el país en bicicleta. Luego que ese país tenía que ser extranjero. Era mi forma de catarsis. Un viaje que sería un castigo y también un viático. Como imaginaréis, pretendía huir de algo. No diré de qué, aunque no hay mucho misterio porque siempre se huye de los mismos monstruos: las tribulaciones amorosas, los accesos nihilistas o las crisis de cumplir un decenio más (30, 40, 50 años… no importa). Finalmente, la idea se armó como algo posible y hasta coherente, con una mezcla de candidez e inexperiencia propia del que jamás ha emprendido esta clase de viajes. Una candidez e inexperiencia que no tardaría en trocarse en escarmiento, como pronto descubriréis.

Un comentario en “El libro

  1. Como sois los escritores! Llevaba tiempo intentando sin éxito resumir en pocas palabras y de forma clara la filosofía de mi forma de viajar y tu has dado en el clavo

    (Lo importante no es el destino sino el simple acto de intentarlo, de mantener el horizonte frente a tus ojos, de cambiar de comida, de cama, de hábitos y de evitar a la familia, a los amigos e incluso a la patria. Donde lo importante no es el país, ni lo que visitas, ni siquiera importa si lo lográis o no, en esta historia lo que de verdad importa es el camino.
    Oyen una voz en su cabeza, una voz que suena como la del personaje de Pepito Grillo de Pinocho, que les sugiere que deberían cambiar su estilo de vida. Al menos un poco.
    Fue una mezcla de candidez e inexperiencia. Primero vino la idea de recorrer el país en bicicleta. Luego que ese país tenía que ser extranjero. Era mi forma de catarsis. Un viaje que sería un castigo y también un viático. Como imaginaréis, pretendía huir de algo. No diré de qué, aunque no hay mucho misterio porque siempre se huye de los mismos monstruos: las tribulaciones amorosas, los accesos nihilistas o las crisis de cumplir un decenio más (30, 40, 50 años… no importa).

    Debo y quiero tener este libro. Estoy deseando leerlo

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